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jueves, 25 de agosto de 2011

Alcoholismo

Las luces la noche hacian brillar el pelo de Amy, quien sin duda era la joya de la familia, mientras se encontraba fuera de casa lavando las ropas de su madre alcoholica, quien después de darse un baño, cayó dormida profundamente tras su dieta diaria de alcohol.

Para Amy, el mayor de los temores era llegar a ser alguna vez como ella, pues entendía que los hijos solían parecerse a los padres hasta en la actitud, y mientras para otros esto podía llegar a ser un orgullo, para ella era la peor de sus pesadillas.

Su única esperanza era su padre, pero papá solo era un cheque mensual que su madre dilapidaba con rápidez. Para Amy, robar era solo un tecnicismo, pues necesitaba dinero para comprar comida que no estuviera en lata, el unico alimento que presenciaba las alacenas de su casa, cuando las botellas de vodka barato le dejaban espacio.

domingo, 24 de julio de 2011

Los deseos de Niamh

Cada tanto, Niamh, salía de Tir na nÓg para conceder un deseo a algún afortunado habitante de las costas de Irlanda quien, por su comportamiento al encontrarse con una hermosa joven desnuda de larga cabellera dorada, le ofreciese una impecable hospitalidad sin aprovecharse de la condición de la joven.

En una de esas especiales ocasiones, Niamh se topó con un guerrero de larga cabellera dorada al igual que ella, algo que llamó particularmente su atención, pues en lugar de ser dorada y ondulada, la de aquel guerrero era muy rojiza y lisa.

Iluminada con la luz de la luna se encontraba tendida, inconsciente a la orilla de un camino que llegaba del mar completamente desnuda, la encontró Oisín al regresar de una batalla en una aldea vecina al paso. Con la espada bañada en sangre al igual que su armadura y parte de su rostro, la contempló tendida en el suelo, quiso tocarla pero al verse las manos ensangrentadas, prefirió no hacerlo, la cubrió con su capa y después de lavarse las manos en el mar regresó para auxiliar a la joven.

El frío de la noche acentuado por el viento de la costa afectaría seriamente la salud de la joven si la dejaba en ese lugar, sin contar que algún salvaje podría aprovecharse de la situación y por eso, decidió tomarla entre sus brazos aún envuelta entre la capa y la llevó a su casa en lo profundo del bosque.

Prendió el fuego y puso a cocinar una bebida que le ayudaría a la joven a recuperar el calor perdido, mientras la tendía en su lecho y la tapó con sus abrigadas cobijas no quería si quiera observarla por discreción a una dama en apuros, al estar lista la bebida la puso junto a la cama, y él envuelto por la capa, se recostó junto al fuego sobre un delgado tapete de lana.

A la mañana siguiente Oisín se despertó constipado, pero la radiante joven que se encontraba vestida por un velo al tocarlo le devolvió la salud en agradecimiento, él, desconcertado tomo a la joven de la mano gentilmente y en vez hostigarla con preguntas, se limitó a besarle los suaves dedos y a hacerle una reverencia en su honor para luego verla partir.

Ella regresaría meses más tarde para darle al impecablemente educado joven el deseo que se había olvidado en concederle tras su última visita, y tal vez fue al darse cuenta de su descuido o al nunca dejar de sorprenderse por cada acción que este cada vez más inusual humano que en lugar de concederle ese preciado deseo, decidió pedir su mano en matrimonio.

jueves, 7 de julio de 2011

Amanda

Amanda tenía el pelo negro como el carbón, tan liso y tan largo que cuando se lo soltaba parecía una cascada a media noche, el pelo de Amanda era lo que más admiraba Manuel, quien la conoció cuando apenas era una pequeña que saltaba entre los charcos que se formaban tras los aguaceros de otoño.

Manuel creció primero que Amanda y debió partir a la fábrica del barrio para llevar monedas a casa para así poder alimentar a sus pequeños hermanos, Amanda que seguía en la escuela cruzaba todo el barrio en sus vestidos llenos de color para encontrarse con él en el descanso del medio día, todos los días durante varios años.

Son cinco minutos, la vida es eterna en cinco minutos, suena la sirena, de vuelta al trabajo, y tu caminando lo iluminas todo, los cinco minutos te hacen florecer.

Apenas comenzaba el otoño, y Manuel llevaba un delgado anillo de plata para pedirle a Amanda darle el regalo de su compañía por el resto se su vida, Amanda no recordaba haberse sentido tan feliz en toda su vida. Orgullosa lucía su anillo aguardando el día veintiuno de ese mes, justo en el regreso de un corto viaje de Manuel a la Sierra.

Que partió a la Sierra y en cinco minutos quedó destrozado, suena la sirena, muchos no volvieron, tampoco Manuel.

Amanda ya no tenía el pelo tan negro como el carbón, ni tan liso ni tan largo, el día veintiuno se lo había cortado aún más corto de lo que lo solía llevar Manuel. Amanda tiene el pelo tan corto que los niños del barrio piensan que es un señor, sus vestidos se han hecho grises por la pena y ya pocas cosas la hacían sentirse orgullosa, ya nada como el delgado anillo de plata que lleva en el dedo anular de su mano izquierda.

sábado, 25 de junio de 2011

Capítulo tres: infructuoso trámite

Es él…

Se encontraba mirando a aquel hombre de ojos verdes, completamente enajenada, sin embargo fue solo hasta que el viento sopló que el noto su presencia. Tenía como separador de páginas una hoja gruesa de diversas tonalidades de verde, cosa que desvió momentáneamente la atención de Anna Elise de la cara de aquella persona al curioso objeto.

No es tan difícil encontrarte Eli – Levantó la cabeza para mirarla a los ojos, su presencia le resultó perturbadoramente familiar –Debes cuidar más eso, dentro de poco vendrán a buscarte personas no muy agradables.

Disculpa, ¿cómo sabes mi nombre? –Tal vez él no era una persona muy agradable, alguien con la capacidad de entrar en los sueños no debía serlo, pensó- ¿Quién eres?

Sí recordaba lo desconfiada que era, pero supuse que después de lo del fin de semana no lo serías más –Y con una mirada de nostalgia recorrió el rostro de Anna Elise- Soy Jasper van Aldenberg –Le estiró la mano para saludarla formalmente-Supongo que una presentación tal y como es debido no está de más en este caso.

Me resultas familiar…

¿Qué le sucede a tu memoria?, todo un sueño de regresión durante dos días seguidos y sigues desconfiando de mí, ese es el objetivo de ese trámite Eli.

Anna Elisa ahora estaba más que convencida que aquel hombre fue quien invadió su conciencia durante el fin de semana, pero no se sentía cómoda comunicándoselo, no sabía quién era, ni que intenciones tenía, no lo sabía certeramente pero algo dentro de ella la invitaba a acercarse al extraño, esto último la confundió aún más, ¿Será algún truco de esta persona para que haga lo que me pida?, no se sentía como eso.

Jasper van Aldenberg, lo lamento pero debo entrar al trabajo, debo irme.

¿Tu pie ya sanó?

Su corazón volvía a desbocarse, Anna Elise tenía unas manchas de nacimiento en el pie izquierdo, manchas que desde hace una semana se habían estado moviendo, por lo que ella había pedido que le revisaran tan inusual sensación por miedo a cáncer, pero los resultados aún no llegaban. ¿Sería aquel sujeto amigo de sus médicos, tal vez colega?

Sí, esta mañana no tuve más dolor, ¿es usted médico, por eso ha venido, para decirme que tengo cáncer?

No tienes cáncer Eli, pero te aseguro que es algo aún más trascendental, ya veo que aún no estás preparada, volveré en otro momento.

lunes, 13 de junio de 2011

Capitulo Dos: El primer encuentro

Sus manos poco a poco se salían de control, brillaban en una especie de fulgor azul que penetraba los rincones de aquel lugar de amplios techos, el fulgor se apoderaba de sus dedos, de sus manos y subía por sus brazos hasta tomar posesión de sus hombros y al conectarse en su pecho se extendió completamente en su cuerpo.

Anna Elisa se había convertido en una luz antropomorfa de consistencia líquida y tonalidad azul, sus cabellos ondeaban entre la habitación como al estar bajo el agua. La mujer de piel morena se puso en pie frente a Anna y sobre ella extendió sus brazos líquidos para bajar a la joven y devolverle su consistencia natural, acto seguido, su cuerpo suspendió actividad.

Él había llegado a ese lugar tal y como Anna Elisa lo había hecho, sin idea certera del cómo y el por qué, pero con una plena certeza de encontrarse mejor allí que en ningún otro lugar antes. Presenció aquella majestuosa transformación en elemento que realizó ese joven cuerpo, pero ella solo pudo divisar a un muchacho alto de ojos verdes que le centelleaban a través de aquel velo que rodeaba su humanidad.

Cuando Anna abrió los ojos, un hombre de grandes proporciones se encontraba absorto en la lectura de un grueso libro sentado a los pies de su cama, al notar el cambio en el ritmo de respiración Mark miró el rostro de la joven, la saludo con una cordial sonrisa y se retiró de la habitación. Al regresar con dos tazas de té, no se volvió a marchar hasta la salida del sol del día siguiente.

miércoles, 1 de junio de 2011

Capítulo uno: el despertar.

Cuando Anna Elisa abrió los ojos en la mañana de lunes, no podía creer que siguiera tarareando la misma canción con la que se acostó a dormir el viernes en la noche. Al repasar ese fin de semana, no encontraba un solo recuerdo confiable, todo lo que llegaban a su mente eran imágenes fulminantes de un amorío con un hombre muy alto de ojos verdes. ¿Pero cómo, si Raphael no es mucho más alto que yo y sus ojos son indudablemente azules?

Mientras preparaba su café matutino se dispuso a llamar a Raphael a su teléfono móvil.

-Anna, que placer escucharte tan temprano, pensaba en llamarte más tarde, escucha, estoy seguro de que olvide mis anteojos de sol en tu apartamento.

-¿Cuándo los olvidaste?

-El sábado en la noche sin duda, me los quité cuando terminamos de ver esa película francesa que tanto te gustó, y como el domingo desayunamos con Syd no recordé guardarlos.

-…ah sí, tu viniste el sábado… y desayunamos con Syd el domingo – murmuró para sí.

Todo lo que Anna Elisa recordaba con certeza eran cientos y cientos de desayunos con aquel hombre alto de ojos verdes, desayunos a solas, con otros, con niños, en la cama, en restaurantes, en jardines; pero no el desayuno del domingo junto a Syd y Raphael.

-No te escucho bien Anna, ¿será que puedo pasar esta tarde a buscarlos?

De camino a la librería de la calle mayor, Anna Elisa trato de hacer memoria sobre su fin de semana, pero más imágenes con el mismo hombre llegaron a su cabeza, como si el sueño profundo hubiera absorbido su conciencia de un fin de semana completamente.

Su pulso se había comenzado a acelerar, no era una mujer de muchas virtudes, no era mi muy linda ni muy fea, ni muy alta ni muy baja, ni muy gorda ni muy flaca, ni muy rubia ni muy morena, ni muy encantadora ni muy insípida, ni muy divertida ni muy aburrida. Es él.

Brevemente, el aire se tornó un poco más caliente de lo acostumbrado para la mañana de un verano que recién comienza. Es él.

Es él, no había sido ningún sueño, el hombre muy alto de ojos verdes existía, y tomaba café en la mañana como ella, leyendo un libro de bolsillo como ella, cruzando las piernas debajo de la mesa como ella.

Su corazón quería abandonar el cuerpo por la boca, estaba segura de que lo sentía latir en la garganta… latir, más bien temblar, sacudirse, que importa, total estaría muerta en unos segundos, lo presentía.

jueves, 19 de mayo de 2011

El toque exacto de caramomo

Bañada por las luces naranjas del atardecer ella legó al pueblo una tarde de abril, con su maleta de flores bordadas en la mano izquierda y en la derecha la guitarra que no le permitía sentirse sola. Le pidió al carretero dejarla en la casa de tejados curvos que había visto en una pintura algún tiempo atrás.

Al llamar a la puerta, el olor a pastel recién horneado se filtró por las rendijas y le dio la más amable de las bienvenidas. Una señora muy grande la recibió, haciéndola seguir al instante, le preguntó porque no había entrado por la puerta de la pastelería y la hizo sentarse en una de las mesas para atenderla. La muchacha le explicó que recién llegaba al pueblo y si el carretero la había llevado allí, sería una señal de que se debía quedar allí.

La señora muy grande la miró con desconfianza, nunca antes la había visto en su vida y no sabía nada de ella, se preguntaba cómo era eso de que se debía quedar allí; le explicó que la muchacha que antes les ayudaba en la pastelería se había marchado con el muchacho de la verdulería para la ciudad y le propuso que si pasaba una prueba, le daría su vacante. Ideo una prueba imposible, para tener la certeza de no tenerla en casa hasta averiguar más sobre su procedencia.

Pocos minutos después le llevo una tacita de café que acompaño con dos galletas de arroz, la muchacha mojo la primera galleta en el café y la felicitó por el toque de cardamomo que le había adicionado a la bebida, la señora abrió bien los ojos, no conocía a la primera persona que supiera de este maravilloso condimento más que los integrantes de su familia, tenía la plena confianza en el secreto familiar, y en lugar de felicitar a la muchacha se espantó por su respuesta.

La muchacha sonrió ampliamente, le comentó que era la razón por la que le gustaba más el café que preparaba su padre en comparación al que preparaba su madre, le comento que entendía bien su desconfianza, y le recomendó darle su vacante al ser la forma más rápida en la que ella podría conocer su procedencia.

martes, 10 de mayo de 2011

En el soplar del viento

¿Cuántos años más deben pasar?, ¿cuántos caminos más debes recorrer? Antes de ser llamado hombre.

Cuantas veces has cruzado su mirada al encontrar su rostro entre los habituales en la acera, pero ella ni se inmuta de tu presencia, te ve sin mirarte, le sonríe al viento como burlándose de tu expresión suplicante. Ella, en las rocas que dan al mar, vuelve a nacer en el viento que la acaricia suavemente en las frías tardes de otoño.

¿Cuántos años más deberán pasar? ¿Cuántos caminos más deberás recorrer para que ella te mire sin verte, y notar que ya eres un hombre? La respuesta, mi amado hermano, sopla en el viento que la estremece, el mismo que al sentirlo esta tarde de mayo, te ha pedido ser tú quien la vea nacer una vez más.

viernes, 6 de mayo de 2011

El Adiós sin despedida

Cuando Matías entro a la habitación de Lucía, solo encontró sabanas revueltas y el armario vacío, desconcertado bajó corriendo las escaleras de la mansión y con un aire lúgubre manchado por la rabia, le suplicó a su buen amigo Lautaro que le diera explicaciones del paradero de su Luz. Lautaro solo pudo lanzar una mirada al suelo y pedirle angustiosamente a Matías que se sentara, esto solo enfureció más al emprendedor joven.

Matías siempre había tenido un temperamento cálido y calmado, pocas veces permitía que la rabia, el orgullo, o la envidia se colara en su actuar; pero nunca hubo día como aquel en su vida, nunca quiso apaciguar menos los brotes de ira traídos por el desconcierto.

-… él llegó más temprano de lo que la gente decente llama a las casas ajenas, y con papeles en mano reclamo a Lucía bajo su custodia, acusó a mi madre de querer quedarse con su herencia, ni si quiera se preocupó por ella, solo vociferaba sobre la herencia mientras sacudía los papeles.

-¿y Lucía?, ¿Ella se defendió? Ella siempre se defiende Lautaro, como permitió semejante atrocidad

-Aquel hombre amenazó con denunciar a mi madre y a mi padre por secuestro si ella no se marchaba con él y lo que me espetó en su defensa fue su consideración conmigo y con mis hermanos, apelando a su falta de padres no quería dejarnos a nosotros sin los nuestros

-¿Y su paradero actual?

-En el aeropuerto, rumbo a una tierra lejana de la que nunca he conocido hombres y solo cobardes.

Día tras día Matías lo vivió con la secreta esperanza que encontrar el sol de la mañana reflejado en los rizos dorados de Lucía, bajando por las escaleras principales, la tarde adornando el estival aroma con su dulce piel y la noche encendida por sus preciosas piernas. Noche tras noche Matías soñó el reencuentro, esperanzado en encontrar en sus ojos el profeso amor que nunca se dieron la oportunidad de ver florecer

por chicos… por chicos…

miércoles, 27 de abril de 2011

Las agujas de Alpha

…treintaidós puntadas y eso es todo- recitó Alpha al terminar de escoger el tamaño del nuevo saco que tejía para Vilho, tal y como se lo enseñó su madre. Que mejor que una acogedora tarde de invierno al calor de la chimenea para albergar tal empresa.

En las casas aledañas las personas encendían las luces de sus casas con un simple conjuro y lavaban los trastos con uno un poco más complejo, pero el noble arte de tejer jamás podría ser reemplazada por un sortilegio, pues entre puntada y puntada se anida el esfuerzo y el cariño de quien se destina horas para lograr una linda prenda.

El movimiento de las agujas es un sonido en el recuerdo de los inviernos, ningún sortilegio podría reemplazar tal enternecedora imagen de quienes dedican su tiempo a dar abrigo a quienes más quieren.

sábado, 16 de abril de 2011

La Espera, parte I

Las gotas de rocío brillan majestuosas sobre el césped del parque principal, milagro que presencias cada mañana al abrir las cortinas de tú cuarto, cuando permites que tus rizos al sol iluminen el rostro de tu madre, quien con amorosa mirada, te espera desde el marco de la puerta para darte el beso de buenos días.

En esos días el más esperado regalo era la llegada de las vacaciones, que te permitiría dormir hasta tarde y te invitaría a salir a jugar con tus amigos en el jardín.

Las mañanas heladas no se comparaban en nada con la salida del sol como despertador, pero es hora, el colegio aguarda, y en faldas hasta las rodillas debes ir a estudiar, despidiéndote de tu madre y padre al terminar el desayuno.

En esos días el más esperado regalo era el encuentro con tus amigos en el colegio, y tramar con ellos los más divertidos encuentros; ir a cine, ir a nadar, ir a caminar.

Los rayos de luz han vuelto a despertarte, pero ya no hay rocío sobre el césped del parque principal, ya no hay parque porque no te encuentras en el mismo lugar. Otra vez salir a estudiar, sin madre que te espere en el marco de la puerta y sin padre que se despida de ti al terminar el desayuno, debes ir a estudiar, quieres ir a estudiar.

En esos días el más esperado regalo era recibir preciada educación para ayudar a un futuro mejor para ti, para tus amigos, tus vecinos y tus hijos.

Las mañanas heladas han vuelto, pero ahora su cálido cuerpo te abriga a tu lado, él ha estado durmiendo contigo dos años atrás, y en ese lugar el cual mantienen con un empleo modesto han decidido comenzar una familia, ya les han hecho ofertas de una mejor paga y el lugar en el que siempre han anhelado vivir se hace más nítido con el paso del tiempo.

En esos días el más esperado regalo es el lograr obtener el lugar en el cual edificar tú familia, su familia, la familia de ustedes.

Los rayos de luz que se asoman por la ventana de tu pequeño apartamento serían una bendición, si no siguieras allí, si te hubieran dado lo que te prometieron, lo que tanto anhelabas. Pero con su llegada no solo tus sueños se desmoronaron, también los de tus amigos, tus vecinos y tus hijos que no han nacido aun. Ahora trabajas todo el día porque ellos te obligaron a escoger, entre poder comer y tener un techo o sufrir todo el peso de su ley.

En esos días el más esperado regalo es su partida, o un rayo de luz verdadero que los ayude a negarse a sus dictatoriales demandas.

Las mañanas nunca han sido tan heladas, su cuerpo cálido junto al tuyo es lo más preciado que tienes en ese momento, lo que les han permitido conservar en el cuarto al que redujeron el pequeño apartamento, junto con su cama, una pequeña cocineta, un sillón y una mesita. En las paredes escondiste todos tus libros, o ellos se los habrían llevado también.

En esos días el más esperado regalo es su muerte, es lo que les deseas después de que ellos se la dieran a tantos amigos y vecinos que se opusieron firmemente a sus demandas.

miércoles, 13 de abril de 2011

El deseo del final de jornada

La jornada había terminado con la caída de la tarde, y el dulce aroma de los árboles llenaban las calles conforme el viento les quitaba unas cuantas flores, el mismo viento que al pasar por entre el pelo de ella tomaba prestado un poco de su olor, y entre una y otra cosa, mezcló un ineludible anzuelo para él.

Él, quien también había terminado jornada, caminaba descalzo por entre las callejuelas empedradas que aún conservaban el calor del día, con el peso del trabajo diario sobre los hombros, no permitía que los contratiempos le quitaran la serenidad en la que lo envolvía la tarde, serenidad que poco a poco se transformaba en anhelo y posteriormente en deseo.

Deseo al acercarse a casa y percibir a metros de distancia la llegada de su amada desde la otra dirección, deseo al infiltrar por entre los muros miradas furtivas que presencien el maravilloso evento del movimiento de su falda sobre sus piernas morenas por el verano.

sábado, 9 de abril de 2011

Como la lluvia a los esclavos

Los vidrios de la calle se sacudían por las gruesas gotas de agua que emanaba el cielo, en esa tarde no había quien se escapara de llegar a casa con la ropa goteando y quienes estaban dentro de los muros ya se habían abrigado al lado de sus seres queridos.

Pero Ava se sacudía tanto como los vidrios de la calle y sus ropas ya no podían aguantar una gota más de agua, en casa…

casa.

No había casa desde hacía mucho tiempo, ni para ella ni para muchos hoy en día, ellos llegaron y se apoderaron de sus casas, de sus abrigos, de sus bosques, de sus ríos; separaron sus familias y los obligaron a trabajar por comida, cual si fueran esclavos.

Ava salió del trabajo esa tarde a las cinco, catorce horas de trabajo diario ya relucían en su pelo y en su piel, pero sus ojos abstraídos eran la mejor síntesis de su día a día. En la residencia, los sucios cuartos en los que se resguardaban los rezagos de familias que quedaban intentaban salvar a sus miembros más vulnerables de una incurable neumonía, y en el suyo, Ava esperaba a su esposo, quien había decidido trabajar hasta las ocho de la noche ese día, solo para poder comprar un pedazo de carne ese mes.

Sus azuladas manos la abrazaron sobre la ropa apenas llegó, y mientras se desvestía con la intención de tomar algo de su calor, que ella, muy amorosamente le compartía, le repetía al oído una y otra vez, que pronto saldrían de allí.

martes, 5 de abril de 2011

El precio de los contratos.

Los calurosos veranos le traen recuerdos de sudor en la piel de marfil que se enciende cuando el rayo de luz la toca por entre las cortinas. Allí esta Millie, recostada sobre las sábanas blancas durmiendo a pleno día pues el calor le impide mantenerse en pie.

Gregg abre los ojos en medio de ruidos, música estridente y risas provenientes del alcohol, se ha quedado pasmado en la canción que noche tras noche pide en el bar, a pocas cuadras de su apartamento. Han pasado meses y años desde que Millie tuvo que irse de allí, Gregg había prometido seguirla en cuanto terminara de ordenar sus asuntos, pero tan graves éstos eran que lo habían mantenido atado a la pata de su cama por dos años y siete meses.

Millie se fue una mañana de invierno, se llevó todo lo suyo con ella, su ropa, sus libros; pero su aroma fue algo que permaneció en la habitación por siempre, así como el olor a frambuesas que despedían sus manos en las noches, o la sonrisa que encontraba Gregg cada mañana a su lado.

A punto de sangre y sudor, más literal que figurativamente, Gregg se ganó su libertad, y tal eran las ínfulas de dictador de su carcelero, que ni un contrato que le permitía marcharse una vez culminados sus trabajos le concedió la libertad a aquel hombre. Pero Gregg se había vuelto fuerte con los años, ni los látigos de las tareas adjuntas a las misiones principales, ni los miles de millones de ramificaciones en cada problema que logra resolver, le impiden tomar camino una vez entregado el último caso.

Gregg es una persona plena, tal y como se manifiesta así mismo cada noche durante los cuatro minutos que dura su canción y se pierde en sus interminables fantasías por su amor. Ahora su plenitud viene de más en el fondo, ahora está despierto, y sueña al ver las nubes extenderse por la planicie, con que pasen las ocho horas de vuelo para así llegar a esas sábanas blancas que resguardan a la dulce Millie mientras duerme, y poder presenciar a la mañana siguiente, el milagro de su sonrisa.

viernes, 1 de abril de 2011

El nacimiento del espíritu de Ormasth, parte II.

Acto seguido, el cadáver de Manninder se desangraba ante sus manos, que empuñaban el cuchillo que estaba destinado a terminar su propia vida. Ormasth decidió salir de allí y tomar camino hacia las praderas. Por el sendero que tenía a la vista desde los árboles por los que transitaba, diviso una pequeña cabaña. Supuso que algún campesino le daría algo de comer y un poco de paja para dormir en las afueras de su cabaña a cambio de algo de trabajo en la mañana. Por lo que tocó de la humilde cabaña.

Lo recibió quien parecía ser el padre de una numerosa familia, le dio pan, queso y un poco de leche a cambio de que Ronier, nombre que Ormasth usó en honor a su hermano asesinado por los barbaros, le ayudara con los cultivos al día siguiente. Tomó algo de paja y se recostó entre los árboles a unos metros de la cabaña. Aquel señor dueño de la cabaña, al cerciorarse de que Ronier se había quedado dormido, mando a uno de sus hijos al cuartel de los bárbaros para que éstos le dieran una recompensa por el fugitivo. El olor que emanaba Ormasth, su raída ropa, así como las llagas en sus manos y en sus pies dejaban al descubierto su procedencia.

Antes de que el sol saliera por las montañas Ormasth fue despertado por las espadas desenvainadas que corrían hacía él en manos de los mismos bárbaros que habían acabado con los suyos y ahora iban tras él. Ormasth los recibió con el mismo cuchillo con el que ellos pretendieron obtener su cabeza y uno por uno les dio muerte haciendo gala de las habilidades bélicas que le había heredado y enseñado su padre poco antes de su muerte. Fueron muchos, pero Ormasth, alimentado por su rabia y coraje no dejo rastro. Busco entre las cabezas corroídas por la sangre el rostro de quien asesino a su madre frente a él, quien parecía haber sido el líder de aquella misión, pero no le encontró.

Ya en la pequeña cabaña dónde vivían los delatores de su paradero, entró espada en mano dispuesto a asesinar al padre. Pero al verle protegiendo a sus numerosos hijos, le recordó su padre muerto. Salió de aquella cabaña jurando no volver a confiar en los extraños, aun cuando estos le muestren amabilidad como carta de presentación.

Tomo el mejor caballo que encontró entre las pertenencias de los barbaros, y se dirigió hacia el éste, en busca de reflexión y educación.

El nacimiento del espíritu de Ormasth

El sonido de los cascos de caballo contra la arena de rio le trae nefastos recuerdos al pequeño Ormasth, no hace mucho que los barbaros masacraron a su gente y se lo llevaron con él a las vastas colinas del norte. Su perspectiva no era muy buena, debía hacerse de la fuerza necesaria para poder escapar de aquel lugar y vengar a los suyos, pero por mucho tiempo no encontró un solo rayo de esperanza que le amparase en el desgarrador frio de su celda.

Al crecer, Ormasth, esclavo ganado en las tribus del sur, fue trasladado a una celda más grande, junto a otros esclavos que, como él, habían perdido toda esperanza. Se apoderó de un rincón al que caía la luz de las estrellas que cambiaban de forma con el pasar de los días, y entre sueños y visiones, le mostraron que muy dentro de él, todavía existía el poderoso guerrero que su padre le relataba que se convertiría, cuando era muy pequeño y aún no podía ni pronunciar palabra.Fue el manto nocturno el que le llevó a un recorrido cósmico entre las leyendas de sus antepasados, alguien allá arriba tenía una fuerte fe por el muchacho.

Pero las oportunidades para escapar eran pocas y aún más eran las de vengar la sangre de su familia. Una noche de junio, creía el por el orden de las estrellas, llegó a la celda un joven esclavo de una tierra similar a la suya. El nuevo compañero de celda se hacía llamar Manninder, y juntos armaron un plan para salir de aquel lugar. El momento adecuado llegó, y ambos muchachos se encontraron a varias millas del campamento opresor de los bárbaros.

Llegaron a un pequeño pueblo y encontraron una cueva que les serviría de refugio durante esa noche, al menos. Ormasth salió en la noche y se internó en el bosque para realizar un pequeño ritual en agradecimiento a las estrellas por su iluminación en esos tiempos difíciles, al regresar a la cueva, escuchó la voz de otros, que charlaban en forma altiva con Manninder. Por lo que escuchó le estaban ofreciendo un trato

-¡Su libertad a cambio de la vida de su compañero, fugitivo! – le gritó el barbaro a Manninder – Deberá traerme su cabeza mañana antes del amanecer, le daremos a cambio su libertad y una moneda de Oro.

-Vamos, no puede ser tan ingenuo de pensar que después de eso lo dejaran con vida a él también, más aun de creer que le darán recompensa en metálico – pensó Ormasth escondido tras un grueso tronco de roble.

-Ddde acuerdddo – musito Manninder al barbaro – tendrá su cabeza para el amanecer.

Ormasth aún no podía creer que aquel que había considerado su compañero en la venganza se doblegara ante los asesinos de su propia familia y prometiera su cabeza. Pero algo de esperanza por la fidelidad de Manninder quedaba dentro de él, por lo que decidió entrar a la cueva con normalidad pero mucha precaución. Ormasth se dispuso a extender algo de paja que encontró en el camino para no tener que dormir sobre el suelo húmedo y rocoso de la cueva, cuando sintió que un cuchillo se acercaba por su espalda.

jueves, 31 de marzo de 2011

Ella

Ella De qué manera silenciosa

trabaja.

Sín dejarse oír,

como si fuera

- lo mismo que una bailarina –

en punta de pies.

Sin dejarse ver,

como si no fuera.

Ella,

la que poco a poco lo ensordece,

la que imperceptiblemente lo ciega,

la que, delicadamente,

le tuerce los huesos.

Jose Manuel Arango

miércoles, 30 de marzo de 2011

A veces, en Mayo.

A veces en Mayo, Martha sale con la esperanza de encontrarse con algún demonio cruzando la esquina, uno con el cual poder hacer gala de sus impresionantes hechizos, uno con el cual pueda demostrarle a todos lo asombrosos que son sus poderes y todo el bien que le hace a la sociedad al librarla de estos sujetos para que así la alaben, cual todo poderosa hechicera que es.

A veces en Mayo, Martha sale con la esperanza de encontrar el mar a diez metros de la puerta de atrás de su casa, poder sentir el calor de la arena entre los dedos de sus pies y la brisa envolvente entre su pelo, disfrutar del suave sonido de las olas, y encontrar la forma de usar la escafandra de su abuelo para deleitarse con el más diverso colorido en el carnaval de peces al cual es invitada.

A veces en Mayo, a la pequeña Martha le piden fervorosamente que deje de arruinar el papel celofán de su madre y salga de casa a buscar oficio. La pequeña Martha ya no es tan pequeña, y entre desvaríos solitarios, trata de encontrar la esperanza dentro de sí, de algún día ser capaz de enfrentar el día a día.

sábado, 26 de marzo de 2011

Torina

Torina abrió sus ojos con el alba, al correr las pesadas cortinas que la resguardaban del frío de la incipiente primavera el sol lleno de luz sus resplandecientes alas de oro y al abrir las ventanas de par en par, salió volando sobre la planicie de cultivos. Observaba los colores del prado desde su majestuosa vista de ave y acariciaba el viento con sus suaves manos y pies, recibía cada sensación como una bendición que le había sido otorgada por ser tan benevolente con todos a quienes ella acudían en busca de auxilio.

Torina despertó envuelta en sabanas de hospital con el sonar del ajetreo medico habitual, sus días de benevolencia terminaban a causa del frío metal que le propició la última persona a quien abnegada, intentó ayudar.

viernes, 25 de marzo de 2011

La noche de las luces de Judy

Las luces de la casa al fin se encendieron después de muchas noches de depender de las velas para adelantar los estudios del instituto al llegar del trabajo. Judy estaba con sus deberes en el comedor cuando sonó estrepitosamente la puerta. El padre de Judy, precavido, ordenó a quien estaba del otro lado avisar su nombre, y entre silbidos emocionados se escuhó al joven Wesley mencionar su nombre tembloroso al escuchar la voz del temido señor.

El joven Wesley había venido a invitar a Judy a la fiesta que habían organizado en la casa de en frente para celebrar la reconexión de la luz a su barrio, se quejó un poco con su padre de lo difícil que era para ellos ganarse la vida en la ciudad al tener el color de piel un poco más oscuro de quienes estaban en el gobierno, para que también les cortaran la luz, y por estos comentarios el padre de Judy le dio permiso de salir.

Wesley le comentó al oído que tenía una sorpresa para ella antes de dejar el porche de su casa y cruzar la calle, le dijo que vería de que se trataba al entrar a la casa en donde tenía lugar la fiesta, por lo que Wesley se adelantó para prepararlo todo. Al entrar por la puerta de en frente, con su vestido de golas que se iluminaba con las luces que estaban por todos lados, escuchó el sonido de un saxofón evocando un sonido similar al blues que tanto le gustaba, pero al escuchar al conjunto completo, descubrió que se trataba de algo completamente diferente.

Judy descubrió esa noche llena de colores extravagantes provenientes de los atuendos de los invitados, la magia electrizante del Rythm &Blues que los exhortaba a todos a bailar levantando sus piernas y sus manos con un frenético frenesí que recordaría por el resto de su vida.