Quinientos veintiocho días limpio, cien amaneceres sin el sabor rancio de las pastillas, treinta noches de descanso…
Pensé que aquel rostro no sería más que un difuso recuerdo; me esmeré en olvidar su sonrisa eterna, aquella larga cabellera, esas piernas cautivantes. Juré por la cordura misma evitar los placeres que gustaba compartiéramos; adiós a la siestas de medianoche, los vasos de agua helada, el encantador roce de sus manos en mi espalda… ¡Renuncié incluso a respirar el mismo aire!
Pocos entenderían las proezas que el amor u olvido me han hecho comenzar, pocos pueden si quiera olvidar tan fácilmente como yo.
Durante trescientas noches remordí mi alma ahogándome en sollozos de desesperación e ira. Trescientas mañanas fueron acompañadas de inyecciones, golpes, desdichas. Tres centenares de atardeceres hechos horario desfilaron como torturas sobre mi carne; el dolor exorcizaba tu trágica partida.
Al fin libre…
Tienes una fe en la cordura envidiable,
ResponderEliminarojala yo pudiera ser tan optimista como tu.
pero la partida se ha llevado mas de mi de lo que debi haber permitido...
Partir, partir...
ResponderEliminarSin importar cuan lejos andemos, nuestras piernas recuerdan el camino; somos parte de todo: El viaje, los sueños, la esperanza...
No envidies una cordura de dudosa procedencia jeje.